El fuego y su aire

17 04 2008

 

 

Jueves, 17 de abril de 2008 - El jueves 16 de junio de 2005, en horas de la mañana, una avería causó una reacción en cadena que desembocó en un apagón general en todo el país.

 

Como si esa reacción en cadena produjera además, el apagón de su vida, en esa misma mañana se produjo el último suspiro de quien por más de 70 años narró las causas y azares de la nación puertorriqueña a través de su producción literaria y periodística.

 

Para algunos fue nuestro mejor novelista. Para otros, un artista consumado de la palabra. Para el resto del país, fue el narrador emblemático de un siglo de coloniaje.

 

Ese día, el Dr. Enrique Laguerre abandonó el cuerpo que ocupó por casi un siglo. Sin embargo sus narraciones quedan para la posteridad como patrimonio nacional que debe ser custodiado por cada hijo de esta tierra y cada habitante de nuestro archipiélago.

 

Confieso que en mis años de estudiante de secundaria, menosprecié el trabajo artístico del maestro Laguerre al no sentirme identificado con su Llamarada. Claro, un joven de 15 años no tiene la capacidad de uno de 40 y la politización del sistema de instrucción pública no propicia un ambiente adecuado para que un maestro de español motive a sus estudiantes a buscar el valor estético, histórico y filosófico de una obra del 1935.

 

Años más tarde, en mi acostumbrado refugio en la biblioteca de la universidad, encontré una obra que llamó mi atención, El fuego y su aire, una novela publicada en Buenos Aires, que trataba de la emigración de puertorriqueños a Nueva York y las vicisitudes de estos en la Gran Manzana, entre otros temas sociales.

 

El fuego y su aire fue publicada en el 1970, 35 años después de La llamarada. Sentí identificación con los personajes y con los lugares que describe, con la psicología, el ambiente, el clima social, el compromiso estético, el estilo y la narración. No se trata de una obra maestra, ni siquiera para su autor, pero me permitió conocer la dimensión real del gran escritor puertorriqueño.

 

Laguerre no fue uno de esos intelectuales exhibicionistas que buscan publicidad con escandalosas declaraciones de lo que fuera, sino que se trató de un autor que conservó una trayectoria de patriotismo sano, de caballerosidad periodística, de sensibilidad ciudadana.

 

No hizo declaraciones que le ganaran titulares espectaculares ni actuaciones que le valieran la interrupción de un programa radiofónico o televisivo. No se tomó fotos con Pinochet como lo hizo Borges, ni con Castro como García Márquez. Era un hombre comedido.

 

El escándalo no fue su brújula ni la publicidad ruidosa su norte. A través de sus novelas hizo una radiografía de una sociedad consumista y consumida. A través de sus artículos periodísticos nos presentó soluciones lógicas, bien pensadas y nada espectaculares, llenas de un sentido poco común en una sociedad colonial como la nuestra.

 

No utilizó su periodismo para vanagloriarse de su intelecto ni para ridiculizar al prójimo con una espectacular andanada de verbos y adjetivos. No le hizo falta. Su rol como intelectual fue el de un moderador del debate público y no el de un agitador vociferante.

 

Hace varios años, luego de entrevistarlo en una actividad de las damas cívicas de Ponce, le decía a un amigo fotógrafo que Don Enrique jamás ganaría el Premio Nóbel, no porque su aportación a la literatura no lo mereciera sino porque no contaba con un expediente de extravagancias, excentricidades o escándalos que lo hubieran colocado en el ojo público internacional.

 

Don Enrique no vino a imponernos su visión de mundo, vino a sugerir ideas, a proponer soluciones, a llamar la atención con el ejemplo de prudencia y sabiduría. Fue uno de los pocos intelectuales que a pesar de ser amigo de Muñoz Marín y callado defensor de mayores poderes autonómicos del estatus actual, se opuso al desarrollo desmedido y al desparramamiento urbano.

 

Hoy, a unas semanas de cumplirse el tercer año de su deceso, recuerdo a Laguerre, precisamente en momentos en que el insulto y la violencia se apoderan de ese triste episodio de la violación a las leyes costeras y a la propia Constitución, que es  el “Affair Paseo Caribe”. Recuerdo ese episodio que no tuvo resonancia en los medios, porque se trataba de un escritor apacible e incontrovertible.

 

Don Enrique no se agenció un “best seller’ en The New York Book Review, ni de Le Monde Diplomatique, ni del TLS. Don Enrique no fue invitado a los programas de mayor audiencia televisiva como La Comay, No Te Duermas o Primera Plana.

 

No le hacía falta y ni tampoco a Puerto Rico. La llamarada que encendió en 1935 no la apaga nada ni nadie. Hay que echarle más fuego, del bueno. Hay que echarle más aire, del bueno.  

 

 


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