Posteado por: Reinaldo Millán | 3/13/2008

Así son las cosas

 

 

Nunca he visto una persona más alta en una cabina de radio. Nunca he oído una persona que hable más alto en una emisora de radio. Nunca he sabido de un comentarista que haya estado más tiempo al frente de un programa de análisis político en una emisora de radio que Riggin Dapena.

Riggin animó por casi cuatro décadas, el programa “Así son las cosas”, que se transmitió por la emisora de amplitud modulada de la Universidad Católica de Ponce, antes de convertirse en Pontificia. Así son las cosas, era un espacio que obligatoriamente escucharon los ponceños y los residentes de la zona sur por casi cuatro décadas.

Dapena fue representante a la cámara de 1964 a 1968, año en el que comenzó a transmitir con vigor y energía todo lo que entendía era pertinente analizar en “Asi son las cosas”. Su voz ronca, su estatura intimidante de dos metros, su mirada penetrante y su ferviente defensa de su ideología puertorriqueñita, hizo que fuera incluido en la Plaza de Ponceños Ilustres en 2002.

Todavía recuerdo la tarde en la que el comentarista deportivo Luis Varela caminaba haciendo ruido por el pasillo frente al estudio donde Riggin transmitía su programa de análisis, cuando en una pausa salió airado y tan rabioso que parecía que su inmensa humanidad  crecía vertiginosamente, mientras increpaba al famoso cronista de deportes en un estallido de impaciencia ante una desbordante exhibición de irrespeto.

Riggin no toleraba que hicieran ruido mientras hacía su programa. Lo interesante es que Varela tampoco. Así que estaba yo en medio de una batalla campal entre un gigante de dos metros de estatura y un kilometro de voz, frente a un hombre de 1 metro 60 de estatura y dos kilómetros de voz. Riggin ganó su argumento, regresó al estudio y continuó su análisis con una calma tan espantosa como la discusión que había sostenido un segundo atrás con un boxeador del verbo como lo ha sido Varela.

En su programa, Riggin, atacaba todo lo que consideraba injusto, y antipatriótico. Comentaba los asuntos locales del municipio de Ponce y los de la región sur, como una especie de asambleísta municipal que hurgaba en las entrañas del poder y ofrecía unos latigazos inmisericordes contra todo el que malversaba los fondos públicos, y gustaba de los gastos alegres.

No faltaban los comentarios sobre la política nacional. No le temblaba reclamar mayor valor a la clase dirigente autonomista para que se convirtieran en verdaderos defensores de la autonomía y no sirvieran de hazmerreir por farfulleros  e impostores. En sus comienzos tocó con su látigo al alcalde Cordero, acusándolo de “Alcalde Bonsái”, pero después suavizó el mismo cuando este se convirtió en defensor solitario del autonomista dentro del partido que dice ser autonomista.

Del mismo modo analizaba la política internacional, centrándose en la política exterior de Estados Unidos, ese autoproclamado policía internacional que nadie ha votado. No faltaban las menciones a la revista US News and World Report,   así como a World Press Review, The Economist y la revista Time. No se conformaba con las noticias mediatizadas de las agencias internacionales de noticias.

Riggin, fue un autodidacta, no fue abogado ni economista, pero sus análisis partían de su convencimiento de que la ciudad que lo vio nacer y la nación que lo vio crecer, no había porque humillarlas aduciendo que eran demasiado pequeñas para levantarse por sí mismas. Pensaba que una persona o un pueblo que sienten o creen que no valen la pena ni pueden caminar por sí mismos, había que salvarlo, no hundirlo con la impotencia y el pesimismo. Así son las cosas.

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