Credo del descreído

12 05 2008

 

 

 

Si entre muchas verdades eliges

una sola, y la persigues ciegamente,

ella se convertirá en falsedad,

 y tú, en un fanático.

Ryszard Kapuscinski

 

“Deseo poco y lo poco que deseo, lo deseo poco”, es una frase de San Agustín que me gusta muchísimo, no porque sea yo una persona que me oponga al deseo y no haya sido tentado por esa energía especial, sino porque como todo descreído me gusta para darle mi propio toque y también para no tomarme muy en serio eso de vivir como un indeseable.

Por ello me gusta parafrasear, “Creo poco y lo poco que creo, lo creo poco”. Y al igual que la frase de San Agustín, tampoco es que sea enemigo de los credos y mucho menos crea que no hay que creer en nada. Simplemente creo poco. Por eso tengo mi propio credo al que he llamado el Credo del Descreído.

En primer lugar tengo que confesar que no formo parte de ningún partido ni soy fanático de religión o deporte en específico, aunque soy un admirador de Jesucristo y de vez en cuando suelto uno que otro balón al aro.

Confieso también que asisto con poca regularidad a las parroquias o templos de nuestros pueblos, así como he frecuentado poco los eventos deportivos que organizan nuestras fraternidades olímpicas y además he votado en pocas ocasiones, aunque debo decir que he practicado con regularidad el abstencionismo. 

Creo en el voto por candidatura, es decir, en aspirantes que no hayan sido secuestrados por los partidos políticos, y que cuando juramenten su compromiso con el pueblo, (si es que creen en eso), comprendan que la administración pública no es para rendirle culto a un comité político. 

Creo en la libertad de los seres humanos, la independencia de las naciones y la soberanía de los estados. La autonomía se la dejo a los municipios y a las regiones autónomas.

Creo que la anexión es un privilegio otorgado por los congresistas y que debe ser avalado por los electores angloamericanos. Sin embargo no le tengo miedo a la estadidad, y tampoco temo perder la “atesorada” ciudadanía americana.

Creo que el Estado Libre Asociado de Puerto Rico no es lo que representa su nombre, sino que se trata de una colonia disfrazada. Creo que la libre asociación definida por la Organización de las Naciones Unidas es una opción real para la autodeterminación, tanto de Puerto Rico como de Estados Unidos. 

Creo que la independencia es un derecho que no se le debe negar a ningún pueblo que la reclame, y al que no la reclame tampoco.

Creo que un país que se precie de democrático debe contar con más de dos partidos con oportunidades reales de gobernar. Estoy convencido de que Puerto Rico, al igual que Estados Unidos de América, carece de un sistema electoral democrático que permita el verdadero pluripartidismo. 

Creo en la economía de libre mercado, es decir, me opongo a la llamada Globalización, que no es otra cosa que una dictadura de las empresas multinacionales amparadas en el poderío militar de sus gobiernos. 

Creo que un país sin un sector privado fuerte de capital nativo, con una administración pública dominada por el partidismo y con un sistema electoral atado al clientelismo, no puede avanzar hacia ninguna fórmula descolonizadora.

Creo en la potenciación de los negocios de los pequeños comerciantes, las cooperativas, los sindicatos y la agricultura dentro de un marco de desarrollo autosustentable.

Creo en la eliminación de las Contribuciones sobre Ingresos, a todo trabajador que genere menos del salario promedio, así como me opongo al cobro del Impuesto al Uso y Ventas, a las medicinas, los alimentos y los libros.

Creo en un Seguro de Salud Estatal para menores de edad, personas con impedimentos físicos y mentales, así como a personas mayores de 60 años. Los que tenemos más de 18 y menos de 60, a trabajar se ha dicho para sostener nuestras familias, defender la dignidad del trabajo y con ello la de la patria, porque alguien tiene que sostener económicamente ese seguro que disfrutaran nuestros nietos y nuestros abuelos.

Creo que el Estado no debe subsidiar directa e indirectamente las finanzas de las iglesias, así como creo que los fanáticos religiosos no deben intervenir en la redacción de las leyes de convivencia social. 

Creo que el Estado no debe intervenir en las relaciones íntimas consentidas entre adultos, no importa el género, pero también creo que no debe bajar la guardia en la alta responsabilidad de prevenir el maltrato físico y la explotación sexual de los menores, las mujeres, las personas con impedimentos físicos o mentales y los mayores de 60 años. 

Juro, perjuro y conjuro.

En esto creo.

 




Madre, en tu día

10 05 2008

 

El poeta, cantante y guitarrista cubano, Silvio Rodríguez, dedicó a las madres de su patria una de las canciones más tiernas y combativas que hayamos escuchado.

Silvio, que tiene esa capacidad de transportar nuestras emociones a un complejo nivel filosófico, obsequió a una generación de cantantes, poetas, guitarristas y compositores, un estilo y un contenido, que van desde el más claro signo de compromiso revolucionario hasta el más sensible gesto humanitario.

Defensor de la soberanía de su país, (como todo el mundo debe hacer) ha sido criticado, especialmente en Miami, por no haberse sumado a las críticas de los enemigos de la revolución comandada por el barbudo abogado envejecido que viste de soldado cuando no de atleta olímpico. No obstante, su talento ha sido reconocido universalmente, por lo que el bloqueo ideológico que se ha sobrepuesto al embargo comercial de su isla en forma de cocodrilo, no ha llegado hasta su musa y mucho menos sus acordes. Sería mezquino no aquilatar la obra de un artista por oponerse a su pensamiento político.

A la combativa tinta del bolígrafo de Silvio se ha sumado una guitarra de madera revolucionariamente tierna en la que los temas variados no se escapan, mientras con un afinador de sonido, aceita las cuerdas de su imaginación, para soltar un verso en un mar embravecido de poesías. Su Cuba embargada, su Cuba embravecida, su Cuba bañada por el Caribe americanizado, su Cuba acosada por un exilio trasnochado, su Cuba sovietizada por un pincel mediatizado, es como la mujer patria de los versos de Corretjer, que al igual que Don Pedro, plasmó con su verbo, una estampa de una anciana enfermada en su lecho y al asecho un asesino.

La madre de Silvio, al igual que todas la madres, (madre mujer, madre isla, madre tierra, madre mar), hay que defenderla no solo el día que el presidente Woodrow Wilson firmó la ley para comercializar el cariño un domingo de mayo en los 50 estados provincianos y sus territorios colonizados, sino todos los días de invierno, todas las noches del verano, todas las tardes de otoño, todas los amaneceres de la primavera, pero por sobre todo, todos los minutos de nuestras vidas.

Por eso hoy canto con mi guitarra esta canción que Silvio construyó en 1974 con el puerto de Hai-Phong como paisaje vietnamita, símbolo de los desmadres de la guerra, y que debemos dedicarla con cariño a todas las madres de los soldados que mueren en misiones invasoras a manos de los insurgentes y a las madres que en su propio territorio ven como sus hijos mueren a manos de los invasores.

A esas madres, especialmente a las puertorriqueñas, ahí va la letra, no para que la cantemos y bailemos para ocultar nuestro dolor, sino para que no olvidemos que un demente instalado en una oscura casa blanca puede provocar con una simple decisión basada en una vil mentira, la muerte de nuestros hijos, la mutilación de nuestros nietos y una herida mortal en el rostro lacerado de nuestro corazón.

Madre, en tu día/no dejamos de mandarte nuestro amor/madre, en tu día/con las vidas construimos tu canción/con las vidas construimos tu canción.

Madre, que tu nostalgia/se vuelva el odio más feroz/madre necesitamos de tu arroz/madre ya no estés triste/la primavera volverá/madre, con la palabra libertad.

Madre los que no estamos/para cantarte esta canción/madre, recuerda que fue por tu amor/madre en tu día/madre patria/y madre revolución/madre en tu día/tus muchachos barren minas de Hai-Phong/tus muchachos barren minas de Hai-Phong.