Noticia de un maltrato
4 05 2008
Hace unos años cometí lo que para muchos editores o supervisores editoriales fue un acto de insubordinación y lo que para mis colegas de oficio se trató de un acto suicida, pero que para mí fue un simple y necesario ejercicio de eso que llaman clausula de conciencia.
Junto a mi compañero fotógrafo me negué a cubrir un día de juegos escolar “field day” en una escuela elemental del centro de la isla. No se trató de un evento deportivo ni que la tarea debiera ser asignada a un cronista deportivo.
Se trataba de que luego de una semana de ventear un sonado caso de secuestro y abuso sexual de una menor, en el que ya había entrevistado a la madre de la víctima en su propia residencia y a la esposa del victimario en su propio hogar, el editor se empeñó en que al reintegrarse la persona agredida a su ámbito escolar, acudiera al plantel para generar una nota de ese proceso y que de paso se tomaran imágenes del ambiente. Le indiqué que ya habíamos traspasado el ámbito de la intimidad de los protagonistas de ese episodio y que no iba a invadir el espacio de otros menores de edad. El editor respetó esa clausula de conciencia y no tomó represalias en mi contra. Me expuse a perder el empleo y puse en peligro la estabilidad económica de mi hogar, de mi esposa y de mis niños.
Cuando llegué a mi casa por la noche, al sintonizar los noticiarios, tuve la oportunidad de ver reportajes de un canal de televisión que a título de exclusividad, sorpresivamente otorgado por la madre de la víctima, presentaba imágenes del cuerpo y las piernas de la persona agredida, así como imágenes del plantel con los rostros “protegidos” de sus compañeros de estudio.
Al día siguiente, no bien le dije los buenos días a mi editor, lo primero que comentó fue que el susodicho canal había acudido al “field day”. No se dijo más del caso, no se habló más del tema, solo las asignaciones para ese día y el ángulo que había que trabajar.
Comprendí que en un oficio público como el de periodista, en el que los que potencian lo que hacemos son nuestros lectores, radioyentes, televidentes y ahora internautas, no basta con un solitario reportero que ejercite el derecho a la clausula de conciencia. Tiene que haber unanimidad de criterios. Y aunque las asociaciones de periodistas cuentan con códigos de ética humanistas, todos sucumben ante la falta de códigos de ética en los medios que operan en nuestro archipiélago.
Hace varios años publiqué en El Nuevo Día, una carta en la que reclamaba la creación de un comité de ética entre todos los medios y propuse la realización de una Cumbre Ética de los Medios de Comunicación. La carta, quizá porque fue redactada por un anónimo cronista de provincias, no tuvo ningún efecto. Solo recuerdo la llamada de respaldo que recibí de una colega del Gran Periódico, del que desconozco si cuenta con un Código de ética Periodística como el que tienen los grandes periódicos.
El Overseas Press Cub (OPC) de Puerto Rico establece en su Código de Ética que “El o la periodista deberá ser cauto en cuanto a identificar sospechosos menores de edad (OJO: es ilegal identificar a menores a menos que vayan a ser juzgados como adultos) o a víctimas de delitos sexuales. Deberá actuar con juicio al nombrar a los sospechosos de delitos antes de la formulación oficial de cargos. Hay que difundir solo informaciones fundamentales, mantener incuestionable respeto a la dignidad y vida privada de las personas y salvaguardar la presunción de inocencia de los acusados mientras un tribunal competente no haya dictado sentencia. Los periodistas deben compadecerse de los que puedan ser afectados adversamente por la cobertura noticiosa, mostrando una especial sensibilidad al tratar con niños, y con fuentes o protagonistas de la noticia inexpertos.
Por su parte la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO) en el cánon 5 de su Código de Ética establece que “las fuentes, asuntos y otros colegas se deben tratar con respeto. Especial sensibilidad se debe utilizar en la atención a tragedias, víctimas de crímenes, menores y marginados”. La ASPPRO ha presentado varias enmiendas para atemperar el texto del código a estos tiempos, los cuales se discutirán oportunamente.
El maltrato de menores es noticia, pero no se puede convertir en un espectáculo mediático ni en un circo social. Culpar a los periodistas tanto por el maltrato como por la publicidad excesiva es atacar al mensajero, primero hay que educar a la sociedad.
También hay que reflexionar sobre el dilema de publicar o no publicar. ¿Qué hubiese pasado con los sacerdotes católicos que fueron protegidos por su iglesia a pesar de que todos sabían que eran pedófilos aunque no se había publicado nada de ellos en la prensa? ¿Qué hubiese pasado con los evangelistas que utilizaron la palabra de Dios para satisfacer sus más bajas pasiones? Pero más importante aun es la siguiente pregunta. ¿Qué hubiese pasado con los alumnos y monaguillos matriculados en la Academia de la Infamia de un enfermo sexual con sotana, si una de sus víctimas no se hubiera atrevido a denunciarlo ya no ante una trabajadora social o una maestra sino ante la prensa?
A veces pienso que el discurso anti mediático de sicólogas, trabajadoras sociales y abogadas, en su loable afán por proteger lo que en estos días se ha llamado la revictimización, no generará a su vez en un nuevo modo de autocensura y desembocará en un pacto de silencio perpetuo entre la víctima y su agresor.
Se menciona mucho el nombre de Rosa Parks, quien sufrió también el proceso de revictimización. El camino de Parks fue muy doloroso antes y después de negarse a abandonar un asiento que los racistas angloamericanos habían reservado para uno de los suyos. Rosa Parks sufrió antes y después, el maltrato directo del racismo y el maltrato indirecto que representa la perdida de la privacidad. Pero, ¿cuántas vidas ha salvado y cuantas dignidades ha recuperado su valiente determinación?
Si mal está el hecho de que los medios conviertan en un circo la tragedia de otro ser humano, mal también será que los sicólogos y pediatras construyan un clima de temor mayor de una víctima, no por su victimario ni sus familiares y allegados, sino contra la prensa.
Ayer fue el Día Internacional de la Prensa. Algunos decidieron irse de pachanga, otros se quedaron en sus casas para limpiar el patio, unos celebraron la actividad en sus gremios y sindicatos, y un puñado como yo, decidió, acudir a una cita convocada por una agencia de gobierno a estudiar el tema del maltrato de menores. El contenido y el enfoque de las charlas fueron repetitivos y es que como decía el orador principal, Javier Darío Restrepo, había que ser muy torpe para obviarlos. La actividad fue tan rica que la única crítica que tengo es que debió haber sido más modesta y en su lugar haberla realizado en una universidad con la participación de estudiantes de periodismo, y que tampoco debió convertirse en un despliegue tecnológico costosísimo. Sin embargo fue una gran oportunidad para la reflexión.
Si tuviera que invocar nuevamente la clausula de conciencia, para no cubrir en el futuro un caso de maltrato contra menores aunque mi patrono considere que se trate de un acto de insubordinación, no dudaría en hacerlo, no porque desmerezca de la sensibilidad ni la profesionalidad de mi editor, sino porque estoy convencido de que convertir en espectáculo esa tragedia, sería beneficioso para mi medio y con ello mi permanencia en el trabajo, porque estamos sumergidos en una sociedad enferma que consume suculentamente el morbo y se alimenta graciosamente de la violencia.



Por: Ramón W. Ortiz Rosario
Sin duda alguna esa debe ser la regla obligatoria de todos los medios de comunicación y de quienes reportan las noticias. La realidad lamentablemente es otra, excepto el trabajo de excelencia periodística que hace el noticiero de las televisoras del Pueblo de Puerto Rico, canales 6 y 3. Jamás se ven imágenes de sangre, cuerpos mutilados, entrevistas a victimas de delitos o crímenes con preguntas entupidas y uno que otro medio.
Me parece que ese es el modelo a seguir por los demás noticieros nacionales. Es que se puede informar sobre sucesos trágicos pero cuidando siempre la integridad de los involucrados y sin llegar al morbo. Se que es muy difícil hacer paros o huelgas pero ya es hora de que la clase periodística de nuestra nación haga algo con esta situación porque lamentablemente, nuestra gente piensa que son los periodistas quienes han provocado todo este circo sangriento y morboso.
Ya hay que hacer una pausa de tantas reuniones o de enmiendas de “canones” e ir a la acción directa. Nuestra clase periodística no se merece más este maltrato injusto por parte de los dueños de los medios de comunicación y el señalamiento innecesario (e ignorante generalmente) de nuestro pueblo de que son los culpables de esta desagradable situación. Hay que retar a estos comerciantes de la comunicación y de una vez y por todas, cambiar este patrón periodístico de poca sensibilidad humana.
Por otro lado, están las conferencias de prensa a los políticos que también “exhiben un panorama” de dominio total y de manipulación a nuestra clase periodística, que en muchas ocasiones se les falta el respeto de una forma tan denigrante con la ayuda de las “turbas” de la base de esos partidos y de políticos electos que se “parapetan” detrás de su líder para encima del abuso, salir en las cámaras robando espacios y dañando imágenes con sus caras repugnantes. ¿Cuando nuestros periodistas nos van a sorprender en una de estas conferencias de prensa, levantándose de sus sillas y no cubrirlos nada para que aprendan a respetar a los periodistas y al pueblo en general? ¿Qué tan difícil es darse a respetar? ¿Qué tan difícil es dar a respetar la profesión del periodismo? Nuestro pueblo no es tan tonto y me siento seguro que la mayoría respaldará estos cambios tan favorables y urgentes. Gracias Rey por ser el primero y dar tu ejemplo y sacrificio. ¡Así se hace patria, así se defiende la integridad de la profesión!