Sería un hipócrita si dijera que no he sido un consumidor visual de sus atributos mercadeados por el mundo virtual. No hay duda de que se trata de una mujer que llama la atención en todos los lugares que pisa y en los que no suele pisar, ya que no hay medio noticioso que no registre sus pisadas y no rinda cuentas de sus bellas curvas, de su piel acanelada y sobre todo de su intelecto o mejor dicho de su filosofía de vida especial.
La primera vez que supe de ella fue en un centro comercial de Ponce, hace más de una década mientras hacía fila en el área del famoso food court de comida globalizada. Tenía un pantalón blanco con rayas azules o grises ajustado a su cuerpo o quizá era su cuerpo el que se había ajustado a esa tela. Su blusa del mismo color presentaba una forma ajustada a sus pechos y sobre uno de ellos posaba la tarjeta de empleada de la tienda por departamentos en la que trabajaba.
Su rostro juvenil maquillado a la par con su vestimenta, su piel canela dulcemente acaramelada y sus labios carnosos unidos a una mirada sensual pero inocente, hacían que sus suculentos encantos se pasearan como un manjar frente a los comensales que apuntamos nuestra mirada hacia su cuerpo, mientras disimuladamente nuestras compañeras de fila miraban hacia otro lado como queriendo olvidar el monumento que nuestras pupilas homenajeaban acompañadas de nuestros labios sedientos.
Recuerdo bien ese momento, no porque me haya convertido en un coleccionista de ese cuerpo o en un fanático de su rostro o mucho menos un propagandista de sus pechos. Es que en aquella ocasión, alguien en la fila hizo un comentario que todavía escucho cuando esa mujer se vuelca sobre las notas del diario farandulero de los viernes sociales que nos ofrece en las páginas centrales un sabroso ejemplar de eso que llamamos entretenimiento. “Esa nena va a llegar bien lejos”, dijo esa voz cuyo rostro no recuerdo, quizá porque mi mirada estaba grabando aquel poderoso cuerpo.
No dije nada porque siempre he sido discreto, especialmente con gente que no conozco, pero vinieron a mi mente, con aquellas palabras, una serie de pensamientos.
¿Tendrá éxito esa chica de labios carnosos simplemente por su escultural cuerpo o quizá detrás de esa fachada espectacular hay un extraordinario ser humano, una especial sensibilidad, una inteligencia superior o una mujer solidaria como ninguna en el firmamento?
Pensé también que tal vez esa chica de mirada sensual sabía cantar y bailar, o tocaba algún instrumento de viento o de cuerdas, o tal vez se trataba de una futura modelo elegante de una fina casa de algún modisto internacional. Pensé también que podría ser una chica bien aplicada en ciencias sociales que tendría una exitosa carrera en el fascinante mundo de la abogacía del bien contra el mal.
Pensé también que detrás de aquel pantalón ajustado surgiría una gran empresaria, una extraordinaria gerente, una experta en mercadeo, una relacionista profesional sin igual, una publicista de primera, una analista financiera de gran peritaje, pero luego borré esos pensamientos y también pensé que tal vez esa niña con cuerpo de vedette, pudiera ser presa fácil de un facineroso, de un explotador, de un traficante del sexo, de un mercader de la carne, de un promotor de la lujuria o de un exportador de extravagancias o un vendedor de revistas pornográficas.
Ahora que la he vuelto a ver, confieso que me sigue llamando la atención su cuerpo a pesar de sus seis cirugías, sus curvas cercenadas, sus costillas ajustadas y su ombligo reconstruido. También he sabido de su local incendiado y de su compañero desaparecido. De igual modo me han contado de sus negocios de ropa femenina para el interior y hasta de pantaloncillos masculinos para el exterior.
Una década después tengo que decir que me equivoqué. Ni mis buenos pensamientos fueron sanos ni los insanos fueron realidad. Esa mujer sigue siendo hoy el futuro de una idea y el pensamiento futuro de una posibilidad, porque esa mujer no existe, nunca existió ni existirá.
Escrito en Cuarto Poder, Cultura





